Amazonia II

Estamos comidos por los zancudos, los mosquitos y las moscas, en especial los jejenes, esos habitantes autóctonos de la selva con una capacidad chupadora que no deja de sorprenderme. En esta ocasión he contado más de cien picaduras. Ya no uso el repelente. Sólo una pomadita para después del picotazo, que no sé si realmente me alivia o no, pero que cuando menos calma la ansiedad que me produce descubrir cada nuevo ataque. Mejor no pensar en lo que te pueden “regalar” (leishmaniosis, fiebre de Chagres, la papatasi…)

No es el momento, pero de repente me acuerdo de Tintín y sus aventuras a lo largo del mundo acompañado de Milú y del Capitán Haddock gritando (como insulto desconocido a los profanos en el tema) a todas horas “¡Flebótomo! ¡Flebótomo!”. Y es que el jején es un Phlebotomus, de la familia Psychodidae, unos guindillas, vamos.

Capibara
Capibara, cena Yanomami.

Se acabó el navegar y nuevo comienzo en la selva. Esta vez hablan los machetes, abriéndonos el duro y pegajoso camino. En realidad no sé cómo el Patrón y Rubén pueden orientarse. En otro viaje, pienso, me traeré un compás (una brújula náutica). El caso es que una hora y poco más después, somos recibidos por un grupo yanomami que viene a recogernos. No les saco parecido a los Piaroas, ni a los Panares y son extremadamente amables. Un alto en el camino para capturar algo parecido a una capibara (que seguro compondrá parte de nuestro menú de los próximos días) para finalmente llegar al enorme Shabono situado en mitad de la espesura.

¡Por fin estamos con los hijos de la Luna!

Los Waika, según su mitología, se consideran hijos del astro nocturno. He tenido la suerte de poder escuchar después de tomar (y padecer) el Yopo, de boca de alguno de sus Chamanes la historia de su pueblo:

“Al principio el dueño del mundo era el Gran Chaman. Pero un día murió y de su cuerpo marchito nació la Luna. Vagaba por el cielo, entre las nubes, las lluvias y el viento intentando encontrarse cada noche. En una ocasión bajó a la tierra para comerse los huesos de su padre el Chaman y los parientes de este, celosos de su esplendor le atacaron con sus largas y puntiagudas flechas. Pero estas caían a tierra una y otra vez sin hacer daño a la Blanca Dama. Finalmente una de estas flechas acertó y la Luna, herida, se retiró, derramando algunas gotas de sangre. De estas gotas nacieron los Yanomami.”

Shabono
Finalmente, el Shabono.

En esta comunidad viven cerca de sesenta individuos. “Somos Gente o Seres Humanos” dicen de sí mismos. La llegada al asentamiento me ha impresionado bastante, ya que es la primera vez que visito una de estas construcciones. En mis anteriores visitas, básicamente a los Piaroa, sus cabañas cónicas (los Isodes) me resultaban más familiares, aquí en cambio al poco rato he sentido la sensación de estar un tanto encerrado. La selva lo rodea todo, no es como en los poblados que he conocido de los Topochito o los ya mencionados Piaroas, en donde el espacio es más abierto y el río (en ese caso el Orinoco) parece acompañarte en todo momento. En cualquiera de los casos, el salto en el tiempo es enorme y estos buenos (y nuevos) amigos se desviven por agradarnos. Primer mito que se cae: la supuesta agresividad de los Yanomamis. No la he visto por ningún lado, al contrario, todos quieren acercarse a saludarnos y evidentemente somos la gran novedad.

Los días transcurren rápidamente y cada instante es aprovechado al máximo. Una de las Betacam comienza a dar problemas y eso me preocupa prácticamente el resto de la semana. Por otra parte las cintas han cogido mucha humedad y en general todos los equipos están siendo sometidos a bastante estrés. Alguna óptica ha dado también problemas de condensación, que he podido solventar con nuestro magnífico mini secador comprado en Ciudad Bolívar tiempo atrás. Recuerdo una anécdota que me impactó muy agradablemente y que creó un gran clima de confianza. El día siguiente a nuestra llegada el Chaman de la zona nos regaló con una serie de experiencias que venían a demostrar su poder mágico y la fuerza de su mente, cosa que habíamos podido comprobar durante toda la noche en la hoy tan famosa Ceremonia del Yopo. Como quiera que insistiera mucho acerca de lo que nosotros éramos capaces de hacer (llegando un momento en que se puso un poco pesado al respecto) se me ocurrió la idea peregrina de montar la cámara en medio del Shabono, (con el duplicador a tope) y hacerle mirar a través del visor mientras nuestro guía le explicaba que podíamos traer cualquier objeto de las distintas estancias hasta donde nos encontrábamos simplemente apretando un botón. Coloqué al Chaman sobre el Pathfinder (el visor en blanco y negro de la Betacam) y tirando de zoom acerqué la imagen todo lo que pude. Primero se quedó estupefacto ante lo que vio y después comenzó a reírse y a comentar a todos lo maravilloso de nuestra “magia”.

Yanomami (C.C. Cmacauley)
Yanomami (C.C. Cmacauley)

Prácticamente todos pasaron por la experiencia, puesto que ninguno de los habitantes del poblado quiso perderse la oportunidad de ver a través de nuestro “ojo mágico”. Obviamente ya habían visto en otras ocasiones (no nos engañemos) cámaras de cine o televisión pero aquella ocurrencia les resultó sumamente divertida, a pesar, repito, de que conocían más que de sobra lo que las cámaras eran capaces de hacer. Fue por tanto una experiencia gratificante que nos facilitó sobremanera la convivencia posterior. En realidad aquella estancia fue (cuando menos para mí) extremadamente impactante a pesar de que hubo dos cosas que no pudimos ver (y por tanto grabar) un Reaju o alguna situación de geofagia. Ambas cosas nos fueron vetadas, a pesar de insistir sobre Rubén (nuestro guía e intérprete) en tal sentido en distintas ocasiones. En cuanto al Reaju o Ceremonia fúnebre  básicamente consiste en mezclar las cenizas de los huesos de sus muertos con una sopa o puré de plátano e ingerirlo realizando los correspondientes canticos y bailes. Los Yanomamis no tienen la costumbre de conservar los cuerpos de sus seres queridos una vez fallecidos, por lo que los queman, reduciéndolos a cenizas, las cuales utilizan en los distintos Reajus. Por otra parte la geofagia simplemente consiste en comer tierra, costumbre que parece destinada a proveer fundamentalmente a las embarazadas de algún aporte mineral. O probablemente de sal.

Sí pudimos, en cambio, grabar, entre otras muchas cosas,  la Ceremonia del Yopo e incluso participar activamente en ella. Fueron unos días realmente mágicos e  inolvidables. Y a pesar de que no era mi primera experiencia con los habitantes de la Amazonia si fue una de las que más me cautivó por lo auténtico y genuino de la situación, el lugar y sus habitantes.

Si veinte años antes, cuando veía ensimismado desde el salón de mi casa acompañado de mis hermanas y mis padres, “El hombre y la Tierra” me hubieran dicho que iba a tener la suerte de poder visitar esos lugares para mí tan recónditos y misteriosos, sólo hubiera podido esbozar una sonrisa incrédula.

Pero el Destino, a veces, nos permite, siquiera por un momento, poder cumplir alguno de nuestros sueños.

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